miércoles, 25 de abril de 2007

Capitanes y marineros II

A los marineros les brillaron los ojos y esperaban con avidez la fórmula para ser los primeros. Y la fórmula llegó: "Con la misma comida les basta para realizar la faena, lo que tienen que hacer es organizar el tiempo", sentenció el almirante. La caza indiscriminada de tortugas ni siquiera formaba parte de su agenda. Pero razón no le faltaba; los marineros casi siempre dejaban los trabajos a última hora. A partir de ahora organizar el tiempo sería el regalo para gastar las calorías adecuadas en cada faena y así evitar el hambre.
Organizaron todos juntos el tiempo y la faena. Al final se dieron cuenta que les sobraba tiempo, por eso el almirante les sugirió que ese tiempo lo ocuparan para avanzar la faena del siguiente día, así no tendrían prisas y mejorarían su calidad de vida, no pasarían stress. Y así el día siguiente y los demás días. Los marineros aceptaron jubilosos la fórmula del éxito y se comprometieron a aprovechar el tiempo porque querían ser los primeros. Y es que ¿quién no quiere ser el primero?
Cuando acabó el día todos estaban convencidos que el problema no era matar tortugas o comer más y mejor. El problema era el tiempo. La sonrisa se dibujaba en el rostro de los marineros, su ilusión y amor a la profesión había ganado enteros. Querían escarbar hasta el último rincón del mar para arrancar esos insignificantes pero preciados carapachos. Porque ellos, como les explicó el almirante, eran los mejores marineros del mundo, sólo había que demostrarlo. Entonces el capitán, amablemente, les invitó a tal empresa.
Unos pocos, los que preferían el cuento de la honradez al de ser siempre el mejor, a los que se les suele llamar ilusos y perdedores, esos pocos, decidieron bajarse en el siguiente puerto porque por allí, creían ellos, no se llega a la tierra prometida y da igual si son marineros o no porque a veces, aunque se pague un preciio, vale la pena girar y cambiar de rumbo para encontrar el camino.

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